Un oftalmólogo pierde la vista
por una ceguera contagiosa que invade la ciudad a modo de pandemia, la ceguera
se esparce irónicamente como una veloz claridad lactosa (o al menos, eso es lo que dicen ver los afectados, un color blancuzco parecido a la leche), los enfermos son llevados a sitios apartados
para evitar el contagio. En unos meses la velocidad con que se propagó la
enfermedad y la inexperiencia frente a un problema semejante, resultan en lo
inevitable: la ciudad se haya devastada, la pandemia ha dejado bosquejos de
individuos que defecan en las calles por las que transitan torpemente, apenas
huelen un alimento y se dirigen como animales en un mundo de clara oscuridad
guiados únicamente por el olfato. En esta penumbra hay una mujer que lo ha
visto todo porque la enfermedad nunca le afectó, se trata de la esposa del
oftalmólogo que, repentinamente se ha convertido en su enfermera, su guía, su
salvadora, la de él y la de todos los demás del grupo creado de forma
repentina.
La mujer siente que todos
dependen de ella, y es ante la situación, la protagonista de la historia que corresponde
a la obligación impuesta con paciencia, entrega, y algo parecido a la
felicidad… al final de la narración de José Saramago, nuestro ángel
personificado por una ama de casa ve como uno a uno recobran la vista mientras
ella vuelve al silencio, como si pensara, ahora me toca a mí estar ciega.
Esta que me parece una de las más
bellas metáforas sobre la multiplicidad de significados de la palabra Ceguera,
entraña una realidad ineludible, existen un sin número de grupos que permanecen
en la oscuridad, en la más terrible ceguera, en el olvido. Así, El ensayo sobre
la ceguera de Saramago nos relata una historia tremenda con una profunda tesis
para aquellos que aún no están vedados de la vista. Los grupos olvidados o
mejor aún, los individuos, las personas, para dejar del lado esta idea de la
masa, porque al final, se trata de un ama de casa como la historia, un hermano,
la abuela, un amigo, sumergidos en el olvido, en la oscuridad, en la ceguera.
Pero la ceguera va más allá con
la idea de Cupido, Dios romano del amor que permanece con los ojos vendados y comparte su invidencia con la justicia pues se dice que "el amor es ciego" y la justicia también lo es; de igual forma se la relaciona con
la Avaricia y el Destino o Suerte, todos estos atributos o
defectos iban acompañados de una buena dosis de ceguera.
La ceguera en sentido figurado
nos sumerge como un chapuzón a un mundo diferente del conocido, donde las
formas, si se aprecian, tienen una tendencia al engaño, a la falacia. En un
sentido literal sabemos que retrata la pérdida del sentido de la vista que nos
guiará a la temida… ¿oscuridad? Quizá
aquí sería importante hacer hincapié de la relación errada que históricamente
se ha hecho entre la oscuridad y la ceguera, o quizá depende de la
particularidad del caso. Jorge Luis Borges, por ejemplo, habla de su ceguera
con un color predominante: el amarillo, color claro que difícilmente podríamos
adherirlo a la oscuridad.
De vuelta a la metáfora quizá
haya personas que sufren no de la incapacidad pero sí del encierro en la
penumbra, la falta de aprecio y reconocimiento de los demás. Abramos bien los
ojos y encontraremos si bien nos va a no menos de una persona inmersa en esta
invidente soledad.


