martes, 30 de abril de 2013

Ausencia



Y al final de la carta escribió: Me voy para que nunca me olvides

Pedro Guerra en la canción “El Marido de la Peluquera”, nos narra la historia de Matilde, una mujer que se tira al río pues no puede vivir con el temor infundado de perder a Antuán. Él, que la amaba con el calor del deseo concluye la canción: “te estaré recordando por siempre Matilde que tú no te has ido”, por siempre dice Antuán, por siempre.
 
Me parece que los recuerdos habitan en nuestra memoria como un inmenso entramado de habitaciones, los pasillos son inmensos y las puertas permanecen cerradas. Creemos que nosotros decidimos qué puerta abrir y en qué momento, pero algunas veces, los olores, las palabras, los sentimientos, nos llevan irremediablemente a esas puertas que se abren arbitrarias ante nuestros ojos y nos hacen sonreír emocionados o perdernos en el dolor de un suceso aciago. Antuán perdió a Matilde, se marchó sin regreso, quizá alguna noche Antuán como Pablo Neruda miró la noche inmensa, más inmensa sin ella…
 
Sobre la ausencia podemos decir que etimológicamente su raíz deriva del participio ‘absens’, ‘absentis’ (ausente), del verbo ‘abesse’, un compuesto del verbo ‘esse’ (ser o estar), con el prefijo ab- (alejamiento, separación).  Además, la Real Academia Española y como simple dato anexo pues no creo que necesitemos tantos detalles sobre el significado, nos dice que es la falta o privación de algo (o alguien, agregaría).

 
 
Sin embargo la habitación está ocupada, el recuerdo está allí esperando ser visitado. Matilde está sentada en una rústica mecedora de cedro, se mira las uñas, se arregla el peinado, Antuán la visitará muy pronto, cuando esté triste, desolado, y la ausencia física de Matilde se haya esparcido por todos los rincones de su vida, cuando la realidad lo haya quizá destrozado. Entonces correrá a la habitación del recuerdo donde se haya Matilde, revivirá un amor bello y dulce, le jurará nuevamente amor eterno mientras bailan juntos en un sala llena de otras parejas que en la imagen de Antuán no tienen importancia, sin rostro, sin voz ni particularidad alguna. Ellos son personajes terciarios de la historia, pero Matilde, ella es perfecta, recuerda su olor y su tacto, la belleza de su piel y sus ojos temerosos y enamorados. Otra vez vivirá la noche que la pidió por esposa, recordará su expresión y sus palabras. Recordará su pudor inusitado, sus ojos sonrientes y la música de sus zapatos.
 
La recordará en junio y julio, todos los días de cada año. La recordará siempre porque esa fue su promesa…. si la vida nos da permiso, la ausencia no lo es del todo.

 

jueves, 18 de abril de 2013

Rebelde


La Real Academia de la Lengua establece cuatro acepciones para la palabra Rebelde “aquel que, faltando a la obediencia debida se rebela”; “que se rebela u opone resistencia”; “dicho de una enfermedad, resistente a los remedios” en Derecho aquel que incumple una orden del juez.
Un buen amigo oftalmólogo revisaba el estado de mis ojos mientras conversábamos de literatura. El consultorio es amplio con una pequeña biblioteca a la que acudió en busca de un libro (ambos tenemos afinidad por la literatura). Al dirigirse a la esquina donde se encuentran los estantes en la habitación rectangular pude ver su pantalón de cortes diagonales que simulaban hendiduras como los jeans de un personaje que se rebela contra la solemnidad de su profesión (la medicina).  Así, inspirada en la situación anterior, me decidí a indagar sobre el adjetivo, usado también como sustantivo: ‘rebeldía’.
¿No nos llamaron alguna vez ‘rebeldes’ porque desobedecíamos las órdenes paternas? Al escucharlo hacíamos muecas de molestia pero lo cierto es que nuestro corazón se hinchaba de algo parecido al orgullo. La rebeldía es quizá lo más parecido a la diferencia,  a la resistencia a las normas sociales, a la búsqueda de los ideales que nos regresan a la armonía del empático sentimiento de “humanidad”, de pueblo, y nos alejan de la masa que es incapás de conocer los sentimientos del otro. El ausente Mario Bennedetti dice “por tu rostro sincero y tu paso vagabundo, por tu llanto por el mundo, porque sos pueblo te quiero”, mientras nos narra un amor de dos que, a mi parecer, son unos rebeldes que se guarecen del mundo creando uno propio.
El vocablo viene del latín ‘revelis’ que se forma a partir de la raíz ‘bellum’ (guerra) con un prefijo re-, que marca un movimiento regresivo, reiterado o intensivo. De ahí que rebelde sea aquel que se vuelve de forma guerrera contra un poder o autoridad establecidos de cualquier naturaleza. Y rebelión sea la acción o resultado de su acto.
Omar Cabezas en su libro “La montaña es algo más que una inmensa estepa verde”, ilustra con palabras la realidad de la Nicaragua de fines de los 60 y principios de los 70, los jóvenes y el canto unísono de una situación que no podía permanecer más en el silencio. Movimientos de este tenor estaban en Cuba (que fue quizá la cuna de la esperanza), Chile, México, Argentina, cada  país lo vivió en su propia época y con realidades definitivas. Latinoamérica en llamas y en las letras surgía un movimiento que ‘revolucionaba’ las expresiones anteriores: El Boom literario.
Las rebeliones son, en su mayoría,  el discurso de un pueblo hambriento, inconforme. Isabel Allende en su novela “La isla bajo el mar”, nos lleva de la mano por la historia de Zarité Sedella, una esclava de corazón rebelde que alcanza la libertad treinta años después de vivir una vida que, hasta entonces no le pertenecía. La mitad de la trama se desarrolla en Saint Domingue, hoy Haití, donde los amos de Zarité huyen por la rebelión de los negros. La protagonista, joven mulata de hermosos rasgos, vive su propia rebeldía en perpetua lucha contra su sino, en perpetua lucha contra lo que debía ser la vida de una mujer de color en esas regiones de nuestro continente en el siglo XVIII.
Si la rebeldía nos permite luchar contra lo establecido teniendo  como bandera la expectativa de un corazón sensible y un espíritu libre, quiero conservarla, aún con el paso de los años, los hijos, el trabajo, las deudas. Pero no en la penumbra donde el pensamiento ya no asoma. Quiero mantenerla en un lugar privilegiado para que se vea reflejada en mis acciones.

jueves, 4 de abril de 2013

Esperanza (o la Penélope contemporánea)

La madre espera a los hijos en casa, no tiene esposo, se marchó con una mujer más joven. La mujer ha hecho el almuerzo, el aseo, ha lavado la ropa e incluso se detuvo a charlar con Don Jorge, el intendente del edificio. Ayer hizo verduras con pollo, hoy recordó aquello que escuchó en un programa matutino sobre las bondades del pescado y se decidió por un salmón con ensalada. Mientras limpiaba las flores sintéticas de la mesa de centro pensó en una sopa de habas para el almuerzo del día siguiente. Se acomodó en el sofá un instante pero notó que el espejo ovalado de la pared estaba inclinado. Lo acomodó y miró su cabello, un nuevo corte estaría bien, le preguntaría a sus hijos que no tardarían en regresar de la escuela. Pensó que tarde o temprano, el esposo también regresaría.
 
Si los Griegos edificaron los estereotipos como categorías que aún los psicólogos utilizan, recordemos La Odisea, máxima obra literaria de esa civilización atribuida a Homero y que data del 750 a. C. En esta obra se narra la historia del rey de Ítaca, Ulises, que vive numerosas desventuras para regresar a su tierra natal donde lo aguarda la  fiel Penélope, imagen por antonomasia de la espera. Joan Manuel Serrat retoma la historia en la canción cuyo título es el nombre de la heroína, en este caso una Penélope contemporánea, que ha cambiado la corona por un vestido de domingo, zapatos de tacón y bolso de piel. Penélope la loca que se ha perdido en los laberintos de su cabeza y sonríe “con los ojos llenitos de ayer”.
 
La palabra ‘esperanza’ viene de esperar, del latín ‘sperare’ (tener esperanza), y esta de ‘spes’ (tener esperanza). Cuando uno espera a una persona, tiene la esperanza de que tarde o temprano llegará.
 

No se trata de esperar el café, al médico, el futbol o el jaque en un juego de ajedrez, sino una espera emocional, una espera que históricamente ha protagonizado el sexo femenino. Virginia Woolf habla de mujeres voluntariosas, con una cierta ansiedad que me ha parecido siempre una espera. Las mujeres activas, que evaden sus consabidos vacíos, en realidad ‘esperan’ que algo suceda. Otro hermoso dato de esta bella palabra es que ‘espera’, es un sustantivo femenino y entonces hablamos de La Espera.
 
Como verbo, y siguiendo con el tono melancólico, no puedo evitar usar un fragmento del cuento Todos Los Fuegos El Fuego del genial escritor argentino Julio Cortázar. Una mujer llama a su ex pareja (quien ya tiene una relación), y él la trata con una indiferencia que raya en la molestia, lo enfada su llamada y que no comprenda que las cosas entre ellos han terminado. Julio Cortazar dice que la mujer se haya “en el infierno confortable” no sabe qué decir, y, prácticamente no dice nada, cosa que hace que él se enfade aún más… desde mi personalísima lectura (si se me permite el término) la conversación telefónica tiene implícita un susurro: “espera”… quizá “espera, no cuelgues, yo sigo aquí, te espero”. El fantasma de Penélope aparece para apropiarse de lo que le pertenece.
 
Pero no todas las esperas son fatales, después de todo Ulises regresa con Penélope, y aunque ella no lo conoce en un primer momento, basta que él describa detalles de su primera noche juntos para que lo recuerde. Sin importar la mitología o la historia, lo cierto es que todos esperamos algo, aún emocionalmente. Un abrazo, una llamada telefónica, un mensaje, una palmada en el hombro, un beso en la frente, un “gracias”, una sonrisa. Un amor que llegue y no se marche a luchar  sus batallas, un amor que no deje a Penélope fiel contando las hojas que caen de los árboles en el invierno, mientras piensa en el menú de la semana, el aseo de la casa y en un nuevo corte de cabello.