Carolina había pasado once horas en la misma camilla, en la misma zona, oyendo los quejidos de otras mujeres que como ella tampoco recibían atención. Todas vestían batas verdes con sábanas diminutas en el ambiente helado. Lloraba en silencio pensando que hubiera querido otra cosa para su bebé, un mejor hospital, una buena atención, cosas que por el momento no le era posible pagar.
Llegó a Urgencias del IMSS después
de sufrir las contracciones constantes de un ser desesperado por salir de su
pequeña cápsula. Le hablaba a los doctores pidiendo atención pero siempre había
un parto urgente, un parto de mayor riesgo. Carolina miraba el techo de plafón
a cuadros y respondía una y otra vez a las mismas preguntas, cuál es la fecha
de su última menstruación, se trata del primer embarazo, alérgica a algún
medicamento, tipo de sangre… para la
tercera ronda conocía las preguntas, repetía las respuestas, concluía preguntando
por qué no la atendían y le respondían como un diálogo sin variaciones: hay
partos más urgentes.
Miraba a otras mujeres que
también lloraban, miraba el piso con gotas de sangre desconocida, el baño sucio
y los rostros de los médicos insensibles a una realidad cotidiana, la realidad
de los hospitales del Seguro Social. Llegó el cambio de turno, nuevos doctores,
nuevas preguntas, el diálogo continuaría sin variaciones, pero apareció en esta
nueva jornada Ulises que llegaría quizá a librar una nueva batalla antes de
regresar a Ítaca.
Ya en Palabras Mágicas anteriores
me he referido a La Odisea, obra escrita por Homero quien entre sus haberes
tiene también La Ilíada, ambos textos representativos de las epopeyas clásicas.
La Odisea nos narra la historia de Odiseo, nombre que proveniente del griego
llega a nuestros días como Ulises, héroe de incontables batallas que tardó
veinte años en regresar a Ítaca donde lo esperaban ansiosos su esposa Penélope
y su hijo Telémaco. De ahí que Odisea, nuestra Palabra Mágica haya pasado a las
lenguas modernas como una forma de nombrar una serie de peripecias por lo
general desagradables que le ocurren a un individuo.
Si Penélope es el ideal masculino
de sumisión y paciencia, indudablemente Ulises no se queda atrás con su
gallardía ensalzada de masculinidad. Carolina nunca había conocido a alguien
que se llamara Ulises, no fuera de La Odisea de Homero, y cuando escuchó su
nombre sonrió porque aún dentro de una realidad aterradora el ser humano no
pierde la esperanza. Ulises no llegó con una espada, seguramente no era un gran
guerrero que viniera de tierras lejanas antes de llegar a su reino, no tenía
una mirada altiva y valiente. Este Ulises era delgado y alto, educado, con la
apariencia de los otros doctores pero él cambió su parte en el diálogo
invariable de los pasillos de este hospital, frente a la Odisea que
protagonizaba para tener a su bebé, este doctor de nombre Ulises la trató como
un ser humano, escuchó sus lamentos y preocupaciones, la atendió en el parto.
Este Ulises quizá no peleará sus batallas en tierras lejanas, ni pasará veinte
años lejos de su esposa y sus hijos, peleará simplemente por conservar su
humanidad en un ambiente terriblemente deshumano.


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