Ubiquémonos en el hipotético escenario
de una mujer de treinta años de nombre Luz. Ingreso promedio, empleada de
almacén, físico sin particularidades. Nada extraordinario. Un día cualquiera Luz
abre los ojos, aún con las imágenes de un sueño en el hogar de la adolescencia,
mira a su alrededor y no reconoce la habitación, en los últimos años su vida ha
cambiado, la vida juvenil se ha quedado en el recuerdo, en las fotografías de
los álbumes color pastel, en el pasado. La vida es otra ahora. Luz coge un vestido
de flores amarillas para usarlo después de la ducha. Sale de casa diciendo en
la caminata un feliz monólogo:
“Gracias día por tu sol de
naranja y tu cielo de azul sueño. Gracias piso por caminar mis pies en las
tardes solitarias mientras pienso en la vida y su murmullo. Gracias anciano por
tu mirada amiga y tu sonrisa de abuelo. Gracias viento por tus secretos al
oído. Gracias hojas por tapizar el pasto. Gracias banca por recibirme a cuenta
de nada. Gracias vida por abrigar mis pensamientos, emociones, sentimientos.
Gracias tiempo: tu transcurrir implacable me hace valorar todo lo que tengo”.
Al igual que Luz, la desaparecida
Mercedes Sosa corresponde al sentimiento con una canción de Violeta Parra:
“Gracias a la vida, que me ha dado tanto”, por su parte (ya inmersos en el
terreno del denominado “canto nuevo”) el trovador cubano Silvio Rodríguez
señala en una de sus canciones que hemos perdido el don de agradecer. Sea
agradeciendo o sin hacerlo, está presente la raíz de una palabra: Gracias.
Esta palabra mágica se define
según la Real Academia de la Lengua como una expresión para manifestar nuestro
agradecimiento por cualquier beneficio, favor o atención que se nos dispensa. En
la página etimologías de chile, la cual me parece una de las pocas fuentes
confiables en portales virtuales, encontramos que el vocablo proviene del latín
gratia, que en dicha lengua significa
la honra o alabanza que sin más se tributa a otro.
Luz nos muestra un ejemplo reiterado
de nuestra palabra mágica, la joven haciendo alusión a su nombre va dejando
destellos en los espacios con un Gracias. ¿Han notado que es así? Cuando
agradecemos dejamos un destello, una chispa en los rostros, en los ambientes, y
sobre todo, en nosotros mismos. Cuando esta palabra mágica sale de nuestra
boca, aceptamos con humildad la importancia del otro.

Dicen por allí que : es de bien nacido el ser agradecido.
ResponderEliminarY tenés razón el agradecer nos transforma nos otorga una magnanimidad, al tiempo que nos genera empatía con el otro.
Por cierto GRACIAS por el privilegio de vuestra amistad. Ojalá perdure por años sin término.
¿Magnanimidad? Me parece que la lógica que intenté plantear fue totalmente inversa, agradecer es tener la humildad de saberte nadie sin lo otro, o el otro. Es saberte parte inexorable o inexplicable sin el todo.
ResponderEliminarTal vez erré en el texto y he ahí el porque de tu interpretación. Como siempre gracias por el comentario y gracias a ti por tu amistad.
Sí, magnanimidad, esa elevación del ánimo y del espíritu que te da al agradecer. No sé, yo por lo menos cuando agradezco algo me siento pleno, como arriba comenté en empatía.
ResponderEliminarUna suerte de complicidad, un confort de saber que cuentas con esa persona, esa ayuda, esa bendición.
Quizá, el que falló en la intención de comunicar una idea, fui yo.
En fin, bendiciones para vos, un abrazo. Gracias por responder.