miércoles, 4 de septiembre de 2013

La Magia


 
“Abra cadabra, opus copus,
abra capocus, opus cadabra” BB

En la serie de cápsulas televisivas denominada Imaginantes, José Gordon nos narra a propósito del libro El Mago de César Aira: “En la ciudad de Panamá se lleva a cabo una convención de ilusionistas, entre ellos se encuentra un mago argentino que tiene un secreto que ha ocultado por más de veinte años, es un mago de verdad {…}cuando por fin se decide a dar a conocer al mundo que él era un mago auténtico, tuvo un grave problema, carecía de imaginación, no se le ocurrió nada para encender la mirada del público. Esto nos cuenta César Aira {…} que nos habla de la verdadera magia perdida, la distancia entre el potencial que tenemos y lo que somos capaces de imaginar.” ¿Cuál es entonces la relación entre magia e imaginación?
El vocablo ‘mago’ es antiquísimo, data del griego(magw / mágo), cultura que llamaba así a los que entre los persas se dedicaban a interpretar los sueños y al brujo que en otros pueblos practicaba la medicina. Los magos favoritos en mi generación, Los reyes magos, eran sabios que estudiaban la realidad para denominarla, intentaban hallar en el cielo lecturas de lo que ocurriría en la tierra. También, en alguna época, se les denominó magos a los alquimistas, disciplina filosófica que combinaba, entre otras, la química, física, metalurgia y medicina.
A propósito de los alquimistas recuerdo a Melquiades, gitano que fascinó a los Buendía en Cien Años de soledad del colombiano Gabriel García Márquez con sus descubrimientos asombrosos que saturaban la imaginación de los lectores ávidos de esa magia que se desbordaba incontenible por las páginas de la fascinante novela, magia que caía a chorros como calló el fuego desde el piso quinto del número 47, del Paseo de la Castellana, en el cuento La luz es como el agua del mismo autor. No es casualidad que el nobel de literatura sea el precursor del denominado “Realismo Mágico”.
Otro destacado representante fue el mexicano Juan Rulfo con su aclamada novela breve o cuento largo –al parecer, los literatos aún no se ponen de acuerdo–, Pedro Páramo, donde el escritor nos presenta conversaciones entrelazadas de voces lúgubres en ambientes inciertos que con palabras forman la magia de una de las obras literarias cumbres de la literatura contemporánea en nuestro país.
Cuando alguien hace magia la reacción primaria es la sorpresa, y todos los días me sorprende un acto de magia pura: unos ojos inesperados, un bebé atónito con el movimiento de sus propios dedos, la música y su inyección de humores cambiantes, el balde de agua fría del amor insospechado, mi hermana con sus confesiones sonámbulas a las paredes, el pequeño martillo que golpea las cuerdas en el piano, los colores de la vida… Con un poco de imaginación, hay magia en todos lados.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Hacer el amor


¿Qué sucedería si llego esta tarde a casa y le digo a mi madre que alguien pasó el día haciéndome el amor? La primer opción es que me dé una bofetada con tal entusiasmo que me haga descubrir nuevas dimensiones del pensamiento; la segunda es que eche mis cosas a la calle en un hermoso concierto de prendas voladoras y la tercera, sin ánimos de dramatizar, es que con lágrimas en los ojos me diga que esa es una buena oportunidad para atrapar a un hombre y por fin hacer una familia propia (muy a mi pesar,  la tercera es más probable).
 
Si retrocedemos un siglo a nuestro tiempo, nos toparemos con la hermosa sorpresa de  que a las señoritas como yo, no se les caía una sola pestaña o escurría una nimia gota de sudor cuando decían “mamá, Juan pasó la tarde haciéndome el amor”, por el contrario, era motivo de triunfo femenino. El porque es muy simple, en aquel tiempo la expresión aludía a cotejar, a decir palabras hermosas a la persona que nos provoca un interés genuino.
 
En una taquería en el sureste tropical, la mesera se acerca y pregunta “¿Te traigo más cebolla mi amor?” el hombre mira sus tacos y corresponde a la amabilidad: “No mi vida, gracias”. Pongamos en contexto a estos dos, recordemos que en nuestra región se utiliza esta forma tan íntima en el lenguaje sin intención de intimidad real. Por otra parte, si los ubicáramos un siglo antes, empleando el mismo lenguaje, diríamos que están “haciendo el amor” pues se están hablando con palabras bellas, pero ¿hay en ellos un interés genuino? No, la realidad es que simplemente se trata de una charla cotidiana con expresiones de uso común.
 
Ya nos comenta Álex Grijelmo en “La seducción de las Palabras” como los vocablos además de significar también evocan, y  “Hacer el amor” en su representación de “Tener sexo”, es un uso que hemos tomado de la expresión anglosajona “To make love”, para significar algo tan práctico y fugaz como una relación sexual. Esta conversión me parece una de las pérdidas más tristes de nuestro idioma, aunque nada novedosa si hacemos una pequeña reflexión a los cambios históricos y culturales por causa de las influencias extranjeras.
 
El amor es una de las palabras más bellas del lenguaje, y en realidad, en otros idiomas tiene también un guiño propio tanto en su forma escrita como oral. Love, en el inglés, nos sorprende con una intensa pronunciación y una vocal que amplia y cálida que comparte el español “amor”, el italiano “amore” y el francés “amour”, en todas ellas la “o” tiene una carga en la pronunciación que evoca quizá las bellas palabras con las que, antaño, los amantes se hacían el amor.

miércoles, 7 de agosto de 2013

La Odisea



Carolina había pasado once horas en la misma camilla, en la misma zona, oyendo los quejidos de otras mujeres que como ella tampoco recibían atención. Todas vestían batas verdes con sábanas diminutas en el ambiente helado. Lloraba en silencio pensando que hubiera querido otra cosa para su bebé, un mejor hospital, una buena atención, cosas que por el momento no le era posible pagar.
 
Llegó a Urgencias del IMSS después de sufrir las contracciones constantes de un ser desesperado por salir de su pequeña cápsula. Le hablaba a los doctores pidiendo atención pero siempre había un parto urgente, un parto de mayor riesgo. Carolina miraba el techo de plafón a cuadros y respondía una y otra vez a las mismas preguntas, cuál es la fecha de su última menstruación, se trata del primer embarazo, alérgica a algún medicamento, tipo de sangre…  para la tercera ronda conocía las preguntas, repetía las respuestas, concluía preguntando por qué no la atendían y le respondían como un diálogo sin variaciones: hay partos más urgentes.
 
Miraba a otras mujeres que también lloraban, miraba el piso con gotas de sangre desconocida, el baño sucio y los rostros de los médicos insensibles a una realidad cotidiana, la realidad de los hospitales del Seguro Social. Llegó el cambio de turno, nuevos doctores, nuevas preguntas, el diálogo continuaría sin variaciones, pero apareció en esta nueva jornada Ulises que llegaría quizá a librar una nueva batalla antes de regresar a Ítaca.
 
 
Ya en Palabras Mágicas anteriores me he referido a La Odisea, obra escrita por Homero quien entre sus haberes tiene también La Ilíada, ambos textos representativos de las epopeyas clásicas. La Odisea nos narra la historia de Odiseo, nombre que proveniente del griego llega a nuestros días como Ulises, héroe de incontables batallas que tardó veinte años en regresar a Ítaca donde lo esperaban ansiosos su esposa Penélope y su hijo Telémaco. De ahí que Odisea, nuestra Palabra Mágica haya pasado a las lenguas modernas como una forma de nombrar una serie de peripecias por lo general desagradables que le ocurren a un individuo.
 
Si Penélope es el ideal masculino de sumisión y paciencia, indudablemente Ulises no se queda atrás con su gallardía ensalzada de masculinidad. Carolina nunca había conocido a alguien que se llamara Ulises, no fuera de La Odisea de Homero, y cuando escuchó su nombre sonrió porque aún dentro de una realidad aterradora el ser humano no pierde la esperanza. Ulises no llegó con una espada, seguramente no era un gran guerrero que viniera de tierras lejanas antes de llegar a su reino, no tenía una mirada altiva y valiente. Este Ulises era delgado y alto, educado, con la apariencia de los otros doctores pero él cambió su parte en el diálogo invariable de los pasillos de este hospital, frente a la Odisea que protagonizaba para tener a su bebé, este doctor de nombre Ulises la trató como un ser humano, escuchó sus lamentos y preocupaciones, la atendió en el parto. Este Ulises quizá no peleará sus batallas en tierras lejanas, ni pasará veinte años lejos de su esposa y sus hijos, peleará simplemente por conservar su humanidad en un ambiente terriblemente deshumano.

miércoles, 12 de junio de 2013

Piano


Un joven sentado en el banco negro toca las teclas del piano con la sublime delicadeza de las caricias efímeras, la postura es rígida y la expresión denota extrema concentración. La partitura que descansa en el atril del instrumento tiene el título de una pieza clásica Für Elise, de Bethoveen. Mientras sus dedos se mueven delicadamente en posturas apenas definibles él piensa en el último invierno que pasó en la ciudad capitalina al lado de sus abuelos.

Minutos antes del concierto recibió la noticia del fallecimiento de la abuela. El escaso público aplaude, ya de pie agradece con una leve inclinación y vuelve a su posición anterior. Da vuelta a la página e inicia otra pieza. Sin intención regresan los recuerdos como un asalto repentino. Muchas veces se ha preguntado sobre lo simultáneo entre el piano y sus memorias, y le ha sucedido, que frente al cuestionamiento, se haya en una especie de despertar que resienten sus dedos con un leve error en la línea melódica de la pieza en curso.

Pero hoy no se cuestiona, sólo le parece que  él esta despertando el sonido en esta  gran caja musical. La música hace salir las imágenes que se mueven con la gracia de una bailarina de ballet y tiene la certeza de que esta sensación es compartida, todos los presentes han activado también su memoria y se encuentran entre pequeños diálogos con los inquilinos de sus recuerdos. Ama la música y sobre todo, ama la caja musical.

La hermosa caja musical a la que refiere nuestro protagonista fue inventada en 1698 por Bartolomeo Cristofori. El primer modelo fue terminado en 1709 y se presentó con el nombre de ‘gravicembalo col piano e forte’, es decir, clavecín con suave y fuerte. Como dato es interesante saber que en aquel tiempo el clavecín no permitía tonos suaves o fuertes (piano o forte), así entendemos la inquietud del fabricante y el nombre actual del instrumento.

Según la Real Academia Española, como adjetivo la palabra piano en una interpretación es la gradación suave y poco intensa; en las partituras señala al ejecutante un pasaje ejecutado con esta gradación. Coloquialmente lo usamos de forma muy cercana al significado formal y decimos,  poco a poco a paso lento.

Cuando el pianista terminó el concierto el mecanismo de la caja musical se averió. Las visitas se marcharon a sus habitaciones en algún rincón de la memoria y él regresó casa a preparar maletas para tomar un vuelo a la capital del país. Le daría un adiós aparente a la abuela, aunque sabía muy bien, que seguiría viéndola cada que la caja musical abriera la tapa de la memoria.

jueves, 30 de mayo de 2013

Ceguera


Un oftalmólogo pierde la vista por una ceguera contagiosa que invade la ciudad a modo de pandemia, la ceguera se esparce irónicamente como una veloz claridad lactosa (o al menos, eso es lo que dicen ver los afectados, un color blancuzco parecido a la leche),  los enfermos son llevados a sitios apartados para evitar el contagio. En unos meses la velocidad con que se propagó la enfermedad y la inexperiencia frente a un problema semejante, resultan en lo inevitable: la ciudad se haya devastada, la pandemia ha dejado bosquejos de individuos que defecan en las calles por las que transitan torpemente, apenas huelen un alimento y se dirigen como animales en un mundo de clara oscuridad guiados únicamente por el olfato. En esta penumbra hay una mujer que lo ha visto todo porque la enfermedad nunca le afectó, se trata de la esposa del oftalmólogo que, repentinamente se ha convertido en su enfermera, su guía, su salvadora, la de él y la de todos los demás del grupo creado de forma repentina.
 
La mujer siente que todos dependen de ella, y es ante la situación, la protagonista de la historia que corresponde a la obligación impuesta con paciencia, entrega, y algo parecido a la felicidad… al final de la narración de José Saramago, nuestro ángel personificado por una ama de casa ve como uno a uno recobran la vista mientras ella vuelve al silencio, como si pensara, ahora me toca a mí estar ciega.
 
Esta que me parece una de las más bellas metáforas sobre la multiplicidad de significados de la palabra Ceguera, entraña una realidad ineludible, existen un sin número de grupos que permanecen en la oscuridad, en la más terrible ceguera, en el olvido. Así, El ensayo sobre la ceguera de Saramago nos relata una historia tremenda con una profunda tesis para aquellos que aún no están vedados de la vista. Los grupos olvidados o mejor aún, los individuos, las personas, para dejar del lado esta idea de la masa, porque al final, se trata de un ama de casa como la historia, un hermano, la abuela, un amigo, sumergidos en el olvido, en la oscuridad, en la ceguera.

 
 

 
Pero la ceguera va más allá con la idea de Cupido, Dios romano del amor que permanece con los ojos vendados y comparte su invidencia con la justicia pues se dice que  "el amor es ciego" y la justicia también lo es; de igual forma se la relaciona con la Avaricia y el Destino o Suerte, todos estos atributos o defectos iban acompañados de una buena dosis de ceguera.
 
La ceguera en sentido figurado nos sumerge como un chapuzón a un mundo diferente del conocido, donde las formas, si se aprecian, tienen una tendencia al engaño, a la falacia. En un sentido literal sabemos que retrata la pérdida del sentido de la vista que nos guiará a la  temida… ¿oscuridad? Quizá aquí sería importante hacer hincapié de la relación errada que históricamente se ha hecho entre la oscuridad y la ceguera, o quizá depende de la particularidad del caso. Jorge Luis Borges, por ejemplo, habla de su ceguera con un color predominante: el amarillo, color claro que difícilmente podríamos adherirlo a la oscuridad.
 
De vuelta a la metáfora quizá haya personas que sufren no de la incapacidad pero sí del encierro en la penumbra, la falta de aprecio y reconocimiento de los demás. Abramos bien los ojos y encontraremos si bien nos va a no menos de una persona inmersa en esta invidente soledad.

jueves, 16 de mayo de 2013

Fuente



Qué habrá motivado al primer artista a realizar una fuente, sería quizá la necesidad de abstraer la belleza de una cascada, o quizá simplemente la belleza luminosa del agua cayendo a chorros en diferentes matices luminosos como cristales de colores apenas definibles. Una fuente en sus diferentes formas y tamaños contiene la belleza simple del agua en movimiento, subiendo o bajando, moviéndose de un lado a otro en una fuga feliz de colores y líneas de formas variadas.
 
La palabra Fuente tiene múltiples acepciones, la obra arquitectónica arriba referida; manantial de agua que brota de la tierra; aparato o artificio con que se hace salir el agua para ser distribuida; plato que se usa para servir alimentos y otros significados entre los que no encontramos el tipo de letra que será utilizado al realizar un texto en una computadora, este uso, relata Ricardo Soca, es resultado de una confusión en la traducción de ‘font’, palabra que llegó al inglés proveniente del irlandés antiguo ‘fans’, que a su vez procede del latín ‘fons’, ‘fonti’.
 
Esta palabra tiene la acepción de carácter tipográfico en el inglés, no así en el español, sin embargo nos ha llegado esta traducción errónea gracias a los paquetes de edición de texto para computadoras. Lo correcto en este caso es hablar de tipos, aunque personalmente prefiero denominarlos estilos tipográficos (denominación que, aclaro, quizá no sea del todo correcta).
 
Algo tendrán las fuentes que invitan a detenerse mientras nuestros ojos siguen las figuras buscando la paz que sólo las cosas simples nos conceden.


martes, 30 de abril de 2013

Ausencia



Y al final de la carta escribió: Me voy para que nunca me olvides

Pedro Guerra en la canción “El Marido de la Peluquera”, nos narra la historia de Matilde, una mujer que se tira al río pues no puede vivir con el temor infundado de perder a Antuán. Él, que la amaba con el calor del deseo concluye la canción: “te estaré recordando por siempre Matilde que tú no te has ido”, por siempre dice Antuán, por siempre.
 
Me parece que los recuerdos habitan en nuestra memoria como un inmenso entramado de habitaciones, los pasillos son inmensos y las puertas permanecen cerradas. Creemos que nosotros decidimos qué puerta abrir y en qué momento, pero algunas veces, los olores, las palabras, los sentimientos, nos llevan irremediablemente a esas puertas que se abren arbitrarias ante nuestros ojos y nos hacen sonreír emocionados o perdernos en el dolor de un suceso aciago. Antuán perdió a Matilde, se marchó sin regreso, quizá alguna noche Antuán como Pablo Neruda miró la noche inmensa, más inmensa sin ella…
 
Sobre la ausencia podemos decir que etimológicamente su raíz deriva del participio ‘absens’, ‘absentis’ (ausente), del verbo ‘abesse’, un compuesto del verbo ‘esse’ (ser o estar), con el prefijo ab- (alejamiento, separación).  Además, la Real Academia Española y como simple dato anexo pues no creo que necesitemos tantos detalles sobre el significado, nos dice que es la falta o privación de algo (o alguien, agregaría).

 
 
Sin embargo la habitación está ocupada, el recuerdo está allí esperando ser visitado. Matilde está sentada en una rústica mecedora de cedro, se mira las uñas, se arregla el peinado, Antuán la visitará muy pronto, cuando esté triste, desolado, y la ausencia física de Matilde se haya esparcido por todos los rincones de su vida, cuando la realidad lo haya quizá destrozado. Entonces correrá a la habitación del recuerdo donde se haya Matilde, revivirá un amor bello y dulce, le jurará nuevamente amor eterno mientras bailan juntos en un sala llena de otras parejas que en la imagen de Antuán no tienen importancia, sin rostro, sin voz ni particularidad alguna. Ellos son personajes terciarios de la historia, pero Matilde, ella es perfecta, recuerda su olor y su tacto, la belleza de su piel y sus ojos temerosos y enamorados. Otra vez vivirá la noche que la pidió por esposa, recordará su expresión y sus palabras. Recordará su pudor inusitado, sus ojos sonrientes y la música de sus zapatos.
 
La recordará en junio y julio, todos los días de cada año. La recordará siempre porque esa fue su promesa…. si la vida nos da permiso, la ausencia no lo es del todo.

 

jueves, 18 de abril de 2013

Rebelde


La Real Academia de la Lengua establece cuatro acepciones para la palabra Rebelde “aquel que, faltando a la obediencia debida se rebela”; “que se rebela u opone resistencia”; “dicho de una enfermedad, resistente a los remedios” en Derecho aquel que incumple una orden del juez.
Un buen amigo oftalmólogo revisaba el estado de mis ojos mientras conversábamos de literatura. El consultorio es amplio con una pequeña biblioteca a la que acudió en busca de un libro (ambos tenemos afinidad por la literatura). Al dirigirse a la esquina donde se encuentran los estantes en la habitación rectangular pude ver su pantalón de cortes diagonales que simulaban hendiduras como los jeans de un personaje que se rebela contra la solemnidad de su profesión (la medicina).  Así, inspirada en la situación anterior, me decidí a indagar sobre el adjetivo, usado también como sustantivo: ‘rebeldía’.
¿No nos llamaron alguna vez ‘rebeldes’ porque desobedecíamos las órdenes paternas? Al escucharlo hacíamos muecas de molestia pero lo cierto es que nuestro corazón se hinchaba de algo parecido al orgullo. La rebeldía es quizá lo más parecido a la diferencia,  a la resistencia a las normas sociales, a la búsqueda de los ideales que nos regresan a la armonía del empático sentimiento de “humanidad”, de pueblo, y nos alejan de la masa que es incapás de conocer los sentimientos del otro. El ausente Mario Bennedetti dice “por tu rostro sincero y tu paso vagabundo, por tu llanto por el mundo, porque sos pueblo te quiero”, mientras nos narra un amor de dos que, a mi parecer, son unos rebeldes que se guarecen del mundo creando uno propio.
El vocablo viene del latín ‘revelis’ que se forma a partir de la raíz ‘bellum’ (guerra) con un prefijo re-, que marca un movimiento regresivo, reiterado o intensivo. De ahí que rebelde sea aquel que se vuelve de forma guerrera contra un poder o autoridad establecidos de cualquier naturaleza. Y rebelión sea la acción o resultado de su acto.
Omar Cabezas en su libro “La montaña es algo más que una inmensa estepa verde”, ilustra con palabras la realidad de la Nicaragua de fines de los 60 y principios de los 70, los jóvenes y el canto unísono de una situación que no podía permanecer más en el silencio. Movimientos de este tenor estaban en Cuba (que fue quizá la cuna de la esperanza), Chile, México, Argentina, cada  país lo vivió en su propia época y con realidades definitivas. Latinoamérica en llamas y en las letras surgía un movimiento que ‘revolucionaba’ las expresiones anteriores: El Boom literario.
Las rebeliones son, en su mayoría,  el discurso de un pueblo hambriento, inconforme. Isabel Allende en su novela “La isla bajo el mar”, nos lleva de la mano por la historia de Zarité Sedella, una esclava de corazón rebelde que alcanza la libertad treinta años después de vivir una vida que, hasta entonces no le pertenecía. La mitad de la trama se desarrolla en Saint Domingue, hoy Haití, donde los amos de Zarité huyen por la rebelión de los negros. La protagonista, joven mulata de hermosos rasgos, vive su propia rebeldía en perpetua lucha contra su sino, en perpetua lucha contra lo que debía ser la vida de una mujer de color en esas regiones de nuestro continente en el siglo XVIII.
Si la rebeldía nos permite luchar contra lo establecido teniendo  como bandera la expectativa de un corazón sensible y un espíritu libre, quiero conservarla, aún con el paso de los años, los hijos, el trabajo, las deudas. Pero no en la penumbra donde el pensamiento ya no asoma. Quiero mantenerla en un lugar privilegiado para que se vea reflejada en mis acciones.

jueves, 4 de abril de 2013

Esperanza (o la Penélope contemporánea)

La madre espera a los hijos en casa, no tiene esposo, se marchó con una mujer más joven. La mujer ha hecho el almuerzo, el aseo, ha lavado la ropa e incluso se detuvo a charlar con Don Jorge, el intendente del edificio. Ayer hizo verduras con pollo, hoy recordó aquello que escuchó en un programa matutino sobre las bondades del pescado y se decidió por un salmón con ensalada. Mientras limpiaba las flores sintéticas de la mesa de centro pensó en una sopa de habas para el almuerzo del día siguiente. Se acomodó en el sofá un instante pero notó que el espejo ovalado de la pared estaba inclinado. Lo acomodó y miró su cabello, un nuevo corte estaría bien, le preguntaría a sus hijos que no tardarían en regresar de la escuela. Pensó que tarde o temprano, el esposo también regresaría.
 
Si los Griegos edificaron los estereotipos como categorías que aún los psicólogos utilizan, recordemos La Odisea, máxima obra literaria de esa civilización atribuida a Homero y que data del 750 a. C. En esta obra se narra la historia del rey de Ítaca, Ulises, que vive numerosas desventuras para regresar a su tierra natal donde lo aguarda la  fiel Penélope, imagen por antonomasia de la espera. Joan Manuel Serrat retoma la historia en la canción cuyo título es el nombre de la heroína, en este caso una Penélope contemporánea, que ha cambiado la corona por un vestido de domingo, zapatos de tacón y bolso de piel. Penélope la loca que se ha perdido en los laberintos de su cabeza y sonríe “con los ojos llenitos de ayer”.
 
La palabra ‘esperanza’ viene de esperar, del latín ‘sperare’ (tener esperanza), y esta de ‘spes’ (tener esperanza). Cuando uno espera a una persona, tiene la esperanza de que tarde o temprano llegará.
 

No se trata de esperar el café, al médico, el futbol o el jaque en un juego de ajedrez, sino una espera emocional, una espera que históricamente ha protagonizado el sexo femenino. Virginia Woolf habla de mujeres voluntariosas, con una cierta ansiedad que me ha parecido siempre una espera. Las mujeres activas, que evaden sus consabidos vacíos, en realidad ‘esperan’ que algo suceda. Otro hermoso dato de esta bella palabra es que ‘espera’, es un sustantivo femenino y entonces hablamos de La Espera.
 
Como verbo, y siguiendo con el tono melancólico, no puedo evitar usar un fragmento del cuento Todos Los Fuegos El Fuego del genial escritor argentino Julio Cortázar. Una mujer llama a su ex pareja (quien ya tiene una relación), y él la trata con una indiferencia que raya en la molestia, lo enfada su llamada y que no comprenda que las cosas entre ellos han terminado. Julio Cortazar dice que la mujer se haya “en el infierno confortable” no sabe qué decir, y, prácticamente no dice nada, cosa que hace que él se enfade aún más… desde mi personalísima lectura (si se me permite el término) la conversación telefónica tiene implícita un susurro: “espera”… quizá “espera, no cuelgues, yo sigo aquí, te espero”. El fantasma de Penélope aparece para apropiarse de lo que le pertenece.
 
Pero no todas las esperas son fatales, después de todo Ulises regresa con Penélope, y aunque ella no lo conoce en un primer momento, basta que él describa detalles de su primera noche juntos para que lo recuerde. Sin importar la mitología o la historia, lo cierto es que todos esperamos algo, aún emocionalmente. Un abrazo, una llamada telefónica, un mensaje, una palmada en el hombro, un beso en la frente, un “gracias”, una sonrisa. Un amor que llegue y no se marche a luchar  sus batallas, un amor que no deje a Penélope fiel contando las hojas que caen de los árboles en el invierno, mientras piensa en el menú de la semana, el aseo de la casa y en un nuevo corte de cabello.
 

jueves, 14 de marzo de 2013

La Palabra "Gracias"



Ubiquémonos en el hipotético escenario de una mujer de treinta años de nombre Luz. Ingreso promedio, empleada de almacén, físico sin particularidades. Nada extraordinario. Un día cualquiera Luz abre los ojos, aún con las imágenes de un sueño en el hogar de la adolescencia, mira a su alrededor y no reconoce la habitación, en los últimos años su vida ha cambiado, la vida juvenil se ha quedado en el recuerdo, en las fotografías de los álbumes color pastel, en el pasado. La vida es otra ahora. Luz coge un vestido de flores amarillas para usarlo después de la ducha. Sale de casa diciendo en la caminata un feliz monólogo:
 
“Gracias día por tu sol de naranja y tu cielo de azul sueño. Gracias piso por caminar mis pies en las tardes solitarias mientras pienso en la vida y su murmullo. Gracias anciano por tu mirada amiga y tu sonrisa de abuelo. Gracias viento por tus secretos al oído. Gracias hojas por tapizar el pasto. Gracias banca por recibirme a cuenta de nada. Gracias vida por abrigar mis pensamientos, emociones, sentimientos. Gracias tiempo: tu transcurrir implacable me hace valorar todo lo que tengo”.
 
Al igual que Luz, la desaparecida Mercedes Sosa corresponde al sentimiento con una canción de Violeta Parra: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto”, por su parte (ya inmersos en el terreno del denominado “canto nuevo”) el trovador cubano Silvio Rodríguez señala en una de sus canciones que hemos perdido el don de agradecer. Sea agradeciendo o sin hacerlo, está presente la raíz de una palabra: Gracias.
 
Esta palabra mágica se define según la Real Academia de la Lengua como una expresión para manifestar nuestro agradecimiento por cualquier beneficio, favor o atención que se nos dispensa. En la página etimologías de chile, la cual me parece una de las pocas fuentes confiables en portales virtuales, encontramos que el vocablo proviene del latín gratia, que en dicha lengua significa la honra o alabanza que sin más se tributa a otro. 
 
Luz nos muestra un ejemplo reiterado de nuestra palabra mágica, la joven haciendo alusión a su nombre va dejando destellos en los espacios con un Gracias. ¿Han notado que es así? Cuando agradecemos dejamos un destello, una chispa en los rostros, en los ambientes, y sobre todo, en nosotros mismos. Cuando esta palabra mágica sale de nuestra boca, aceptamos con humildad la importancia del otro.

jueves, 28 de febrero de 2013

La palabra música




“Hagamos juntos que el canto suene”
Carlos de la Cruz


Recuerdo la película Músico, Poeta y Loco, donde Tin tan (protagonista de la historia) le explica a una mujer el origen de su sobrenombre, como una abstracción de ritmo y musicalidad. La mujer contesta: “¿es usted pura música?”, y él, con rostro de ocasión contesta “órale carnalita, no se mande”. El uso al que hace alusión el personaje era un adjetivo peyorativo propio de los barrios en la Ciudad de México durante los años 50’s , y se le adjudicaba a aquel individuo que hablaba más de la cuenta o decía tener lo que no poseía.
 
Me ha parecido siempre curioso y simpático este uso que antaño se le daba a la palabra. Si alguien embelezaba el oído con imágenes hermosas y al final resultaban ser sólo eso, se limitaban a decir “¡qué música!”, como una canción que transmite emociones diversas y al final, te deja en el sitio de inicio. Cuantos recovecos tiene el lenguaje popular. Espero que en futuras entregas tenga más oportunidades de ahondar en ello, por lo pronto, continuemos con nuestra palabra mágica.
 
Conocido el adjetivo, pasemos al sustantivo, la música como expresión artística sonora de infinita belleza (para quienes son capaces de apreciarla). La palabra del latín musica, con el mismo significado y este del griego μουσική (musiké), que por último proviene de  μοσα (mũsa), que significa "musa". Y musa, por supuesto se refiere a las musas que a decir de la mitología eran ninfas engendradas por Zeus y Mnemóside o Urano y Gea según sea la versión. La literatura nos menciona nueve: Clío, Euterpe, Talía, Melpómene, Terpsícore, Érato, Polimnia, Urania y Calíope.
 
Ya dentro de la mitología griega, recordemos a Orfeo, que desciende al inframundo en busca de su amada Eurídice. El enamorado logra ablandar el  corazón de los demonios con sus hermosas melodías, apaciguar los ánimos de las bestias, distraer los ánimos. Pese a todo él y su amada tienen un final funesto. ¿Habrá pensado alguien que Orfeo era música? ¿Qué embelezaba a los demás con su discurso sonoro? No lo sabemos, por lo pronto, quedémonos con esta historia de amor profundo entre Orfeo y Eurídice, pensemos en la historia acompañada de la música que enamore a nuestro corazón y sólo así podremos hablar de música, pues no puede leerse. Debe sentirse, escucharse.