“Abra
cadabra, opus copus,
abra capocus, opus cadabra” BB
abra capocus, opus cadabra” BB
En la serie de cápsulas
televisivas denominada Imaginantes, José
Gordon nos narra a propósito del libro El
Mago de César Aira: “En la ciudad de Panamá se lleva a cabo una convención
de ilusionistas, entre ellos se encuentra un mago argentino que tiene un
secreto que ha ocultado por más de veinte años, es un mago de verdad {…}cuando
por fin se decide a dar a conocer al mundo que él era un mago auténtico, tuvo
un grave problema, carecía de imaginación, no se le ocurrió nada para encender
la mirada del público. Esto nos cuenta César Aira {…} que nos habla de la
verdadera magia perdida, la distancia entre el potencial que tenemos y lo que
somos capaces de imaginar.” ¿Cuál es entonces la relación entre magia e
imaginación?
El vocablo ‘mago’ es antiquísimo, data del griego(magw /
mágo), cultura que llamaba así a los que entre los persas se dedicaban a
interpretar los sueños y al brujo que en otros pueblos practicaba la medicina. Los
magos favoritos en mi generación, Los reyes magos, eran sabios que estudiaban
la realidad para denominarla, intentaban hallar en el cielo lecturas de lo que
ocurriría en la tierra. También, en alguna época, se les denominó magos a los
alquimistas, disciplina filosófica que combinaba, entre otras, la química,
física, metalurgia y medicina.
A propósito de los alquimistas recuerdo a Melquiades,
gitano que fascinó a los Buendía en Cien
Años de soledad del colombiano Gabriel García Márquez con sus
descubrimientos asombrosos que saturaban la imaginación de los lectores ávidos
de esa magia que se desbordaba incontenible por las páginas de la fascinante
novela, magia que caía a chorros como calló el fuego desde el piso quinto del
número 47, del Paseo de la Castellana, en el cuento La luz es como el agua del mismo autor. No es casualidad que el
nobel de literatura sea el precursor del denominado “Realismo Mágico”.
Otro destacado representante fue el mexicano Juan Rulfo
con su aclamada novela breve o cuento largo –al parecer, los literatos aún no
se ponen de acuerdo–, Pedro Páramo, donde el escritor nos presenta
conversaciones entrelazadas de voces lúgubres en ambientes inciertos que con
palabras forman la magia de una de las obras literarias cumbres de la
literatura contemporánea en nuestro país.
Cuando alguien hace magia la reacción primaria es la
sorpresa, y todos los días me sorprende un acto de magia pura: unos ojos
inesperados, un bebé atónito con el movimiento de sus propios dedos, la música
y su inyección de humores cambiantes, el balde de agua fría del amor
insospechado, mi hermana con sus confesiones sonámbulas a las paredes, el
pequeño martillo que golpea las cuerdas en el piano, los colores de la vida…
Con un poco de imaginación, hay magia en todos lados.












